Olimpiada de Ajedrez

por  ALBERTO BLANCO (*)

     Durante varios días se ha podido contemplar en Calvià la chocante y variopinta imagen de cientos de personas de todas las procedencias dentro de un solo recinto cuya única actividad era pensar. Esas personas estaban simplemente jugando. El juego en cuestión consiste en mover 32 piezas en un espacio de 64 casillas de colores alternados. Dicho así parece un pasatiempo trivial, pero los grandes aficionados al ajedrez reconocen que alguna vez han sentido la tentación de renunciar absolutamente a todo para pasar días y noches moviendo esas piezas arriba y abajo sobre el tablero cuadriculado, de huir para siempre a ese fascinante mundo situado al margen de la realidad. Un mundo de reglas sencillas y de posibilidades inmensas. Se ha calculado que hay más variantes posibles en una partida de ajedrez que átomos existentes en el universo.

La Olimpiada de Ajedrez de Calvià ha constituido un éxito. Hay que pensar que competían equipos de 138 países distintos, con la complejidad organizativa que eso supone. Parece haber común acuerdo en calificar la organización como muy buena. Es cierto que los ajedrecistas se encontraban un poco apretados dentro del recinto pero también que preferían estar juntos a dividirse en dos salas. También se podría señalar que la hora a la que daban comienzo las partidas, las tres de la tarde, tal vez no era la más adecuada para los espectadores.

En el interior del Gran Casino Mallorca se podía observar otro aspecto del ajedrez, distinto al encantamiento autista al que antes he aludido, el de la extrema competitividad. Para ganar no basta con tener una gran capacidad de abstracción y una buena memoria, se necesita además de gran fuerza mental para librar el combate con el adversario. En la partida que disputaron el español Shirov y el número dos mundial, el hindú Anand , se pudo observar cómo el primero intentaba poner nervioso al segundo retardando uno de sus movimientos. En el ajedrez es fundamental estudiar la psicología del adversario y saber, en consecuencia, cambiar el ritmo de la partida en los instantes precisos para desconcertarlo, para inquietarlo, para abrumarlo. Se trata de un combate pacífico pero de resonancias épicas.

En el ajedrez hay cierta transparencia: las piezas están expuestas, puede uno imaginar lo que piensa el contrario. El tiempo parece fluir de otra forma durante la partida. Todas estas cualidades han influido para establecer la proverbial alegoría de este juego: la vida sería una partida de ajedrez que entablamos con la muerte. Así aparece en grabados y pinturas, en la famosa película El séptimo sello de Bergman , una imagen difícil de olvidar. Curiosa la relación con la vida de una actividad maravillosamente inútil.

(*) Publicado en El Mundo / El Día de Baleares el día 2 de niviembre de 2004